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1ª División Fallschirmjager. Monte Cassino.
domingo, 01 de abril de 2007
 

Escrito por GuTiX,


Febrero-Mayo de 1944. Luchando entre las ruinas de una población casi totalmente destruida por los bombarderos, los paracaidistas alemanes demostraron su extraordinaria capacidad para defenderse en las condiciones más adversas.

 El 15 de febrero de 1944, una gigantesca fuerza aérea americana de 142 Fortalezas Volantes B-17, 45 bombarderos Mitchell y 40 Marauder B-26 despegó en dirección a Cassino, una pequeña localidad situada en la carretera que conducía a Roma y sobre la Línea Gustav, la principal posición defensiva alemana en Italia. Su blanco no era otro que la majestuosa abadía benedictina de Monte Cassino, uno de los más bellos monumentos religiosos de Europa. Al anochecer de ese día el monasterio en su totalidad, con excepción de los gruesos muros del exterior, había quedado reducido a escombros, la destrucción de Monte Cassino había sido ordenada en la creencia de que estaba ocupado por las tropas alemanas. La verdad era que el mariscal de campo Kesselring, comandante en jefe del Sur, había prohibido a sus tropas la entrada en el edificio y no había un solo alemán en su interior. Muy pronto, sin embargo, sus ruinas se convertirían en la irreductible fortaleza de los veteranos soldados de la 1ª División Paracaidista alemana. 

Era en las laderas por debajo del monasterio que se encontraban las posiciones del grupo de combate Schulz, traído precipitadamente a Cassino desde Anzio. El grupo de combate estaba formado por el l° Regimiento Paracaidista, el 1º Batallón de Ametralladoras y el III Batallón del 3° Regimiento Paracaidista. El Batallón de Ametralladoras era el que defendía las laderas del monte mientras el III Batallón ocupaba la colina del Calvario (cota 593). Estas tropas estaban mandadas por el teniente coronel Karl Lothar Schulz, un oficial de gran experiencia que había ganado la Cruz de Caballero por su valor durante la invasión de Holanda en 1940. Durante diez largos días sus hombres habían resistido tenazmente los ataques del II Cuerpo de Ejército americano hasta hacerles admitir la derrota.

Aprovechando el período de calma que siguió al bombardeo de la abadía, el Kampfgruppe Schulz recibió importantes refuerzos de la 1ª División Paracaidista. El Generallentnant (teniente general) Richard Heidrich, que era quien mandaba esta división, había desplegado cuidadosamente sus tres regimientos: el 3° cubriendo el monasterio y el pueblo; el 4°, ocupando el macizo montañoso y el 1° protegiendo la zona alrededor de Monte Castellone y la falda del Monte Cairo. El frente de la división abarcaba unos 13 Km. e incluía algunos obstáculos naturales de indudable valor defensivo. Por debajo del mismo monasterio podían encontrarse innumerables pasadizos y sótanos que podían proporcionar una eficaz protección contra la artillería. Incluso los escombros del edificio, pese a su inestabilidad, también podían servir para protegerse durante la lucha. En cambio, la entrada principal del monasterio estaba expuesta por tres lados al fuego de la artillería -que ni siquiera había cesado después del bombardeo- al igual que las laderas de Monte Cassino y Monte Castellone. Por esta razón, los preparativos para la defensa tuvieron que realizarse en la oscuridad de la noche.

La misión encomendada a esta división habría sido casi irrealizable incluso para dos divisiones. La 1° División Paracaidista alemana había sido creada en la primavera de 1943 con los restos de la antigua 7° División Aerotransportada. En julio de 1943, durante la invasión de Sicilia por los Aliados, la división había llegado a tener 15.000 hombres. Pero ahora en febrero de 1944 y con el desgaste de siete meses de combates, su fuerza se había reducido en más de la mitad. Muchos de sus batallones no pasaban de los 300 hombres y las compañías se reducían a 30 o 40 individuos. Durante todo este tiempo la división había permanecido en acción constante, lo que se traducía en el cansancio acumulado de los hombres, muchos de los cuales además estaban enfermos de malaria. Sin embargo, sabían muy bien que se les había asignado aquella difícil misión precisamente por ser una fuerza de élite, que ninguna otra gran unidad podría emplearla mejor y que tenían una reputación que mantener.

 En los años que siguieron a la heroica, aunque costosa operación de Creta, en 1941, las tropas aerotransportadas alemanas se habían ido convirtiendo en unas unidades de élite que Hitler utilizaba como una Feuerwehr es decir, como una "brigada de bomberos". A partir de 1943 la l° División Paracaidista había sido dotado con mejor armamento -por ejemplo, con cañones contracarro de 75 mm y artillería ligera de campaña de 75 y 100 mm, equipándola además con un vestuario que mezclaba prendas tropicales y de invierno, incluyendo un chaquetón de salto con camuflaje. Les faltaba con frecuencia fundas para los cascos, pero en su defecto solían utilizar habitualmente las redecillas para colocarse ramas de vegetación. La víspera de la tercera batalla de Cassino la moral y el «esprit de corps» de los hombres de la División Paracaidista rayaban a gran altura. No sólo les unía su inquebrantable fe en el nazismo, sino que se había ido desarrollando en ellos, sin distinciones jerárquicas, un vínculo profundo al compartir el riesgo de los saltos que les había enseñado a depender los unos en los otros, en su habilidad y valor, Los más jóvenes, en 1944, se sabían pertenecientes a una unidad de élite que exigía a sus hombres el máximo de su capacidad de combate. Muchos de los oficiales y suboficiales eran veteranos de las campañas de Holanda, Bélgica, Creta y Rusia. Había también una larga tradición de mando, particularmente entre los jefes, nacida en el campo de batalla. Pero el espíritu de lucha y la fortaleza física no eran las únicas razones para considerar la división como una unidad de élite. Su veteranía y su excepcional preparación para el combate constituían el fundamento de su valor, de su gran iniciativa y de su resolución para combatir.

El altísimo nivel de instrucción de la 1ª División Paracaidista y la flexibilidad de que hacía gala en todos los escalones se debía en gran medida a la personalidad del hombre que la mandaba. Heidrich era un militar profesional que se había hecho merecedor a la Cruz de Hierro de Caballero siendo el jefe del 3° Regimiento Paracaidista en la conquista de Creta. Más tarde, el 5 de febrero de 1944, se había ganado las Hojas de Roble al frente de la 1.° División durante la lucha en el sur de Italia. La defensa de Monte Cassino le valió, el 25 de marzo de 1944, el poder añadir las espadas a su Cruz de Caballero. Heidrich creía ante todo en una instrucción basada en la imaginación y sin simulaciones. Era un gran especialista en ejercicios de instrucción con fuego real tanto individual como de unidades y adiestraba a sus hombres para hacer de ellos combatientes individuales, resistentes y con una gran confianza en sí mismos. Cada paracaidista debía ser un soldado completo: infante, ingeniero y artillero contracarro en un solo hombre. Heidrich no toleraba ni la tibieza ni la debilidad y se le tenía fundadamente por un hombre duro. Nunca se cansaba de advertir a sus hombres que el 75 por ciento de la victoria en el combate dependía de la maniobra. Pero esto no quiere decir que fuese un simple ordenancista. Por el contrario, gozaba del respeto de sus hombres y de su sincero afecto. y su continua preocupación por los métodos de entrenamiento tuvo sus frutos en la batalla decisiva que iba a librarse en Monte Cassino.

La tercera batalla de Cassino, que comenzaría el 15 de marzo de 1944, tomó la forma de un ataque frontal contra el pueblo del mismo nombre -por parte de la 2ª División Neozelandesa- secundado por otro ataque de la 4ª División India contra la Colina del Monasterio. Sin embargo, antes de iniciarse la acción por tierra tuvo lugar un masivo bombardeo aéreo contra las posiciones alemanas con la intención de eliminar a los paracaidistas de la 1ª División, obligándoles a guarecerse en sus búnkeres y en los sótanos del pueblo. Por cada paracaidista alemán cayeron unas cinco toneladas de bombas durante este gran bombardeo. Las fuerzas aliadas se habían replegado en secreto previamente y ahora estaban a la espera para contemplar el increíble espectáculo de un pueblo entero saltando en pedazos bajo un «bombardeo de alfombra». A partir de las ocho de la mañana del día 15, ala tras ala de bombarderos dejaron caer su carga mortal sobre el 3° Regimiento Paracaidista en Cassino. En las cuatro horas que siguieron calles enteras desaparecieron mientras los escombros saltaban por los aires y se desplomaban sobre la tierra una y otra vez. Aproximadamente unos 500 bombarderos americanos lanzaron un total de 1.000 toneladas de explosivos sobre Cassino y tan pronto hubieron terminado su misión la artillería -unos 746 cañones- lanzó cerca de 200.000 proyectiles sobre el suelo.

El Leutnant (teniente) Schuster -el jefe de la 7° Compañía del II Batallón, perteneciente al 3° Regimiento paracaidista- estaba presente en Cassino durante este bombardeo:

“Esperamos en tensión la caída de las bombas desde nuestros refugios. Luego llegaron. El silbido estremecedor que anunciaba su caída, el retumbar de las explosiones y el ruido producido por los mismos aviones se mezclaba con el eco que devolvían las colinas, resultando en un manicomio infernal casi indescriptible. La tierra entera parecía temblar y estremecerse bajo el impacto de las bombas. De repente, un súbito silencio. Casi no había terminado de posarse la nube de polvo que flotaba en el aire cuando me decidí a visitar los otros dos puntos de apoyo. Inmediatamente me sumergí en un mar de cráteres. Una voz gritó desde algún lugar: «Todo está bien.» En ese justo momento la siguiente oleada de aparatos apareció encima de mí. No pude retroceder y permanecí donde estaba mientras las puertas del infierno se abrían de nuevo. Ya ni siquiera podíamos vernos los unos a los otros. Todo lo que podíamos hacer era tocarnos para sentir la presencia del que teníamos al lado. Una negrura de nocturnidad nos envolvía y sentíamos en la boca el sabor de la tierra quemada. El respirar se convirtió en una necesidad desesperada. Debíamos procurar por todos los medios el no morir sofocados, enterrados en vida. Agachados, en silencio, esperamos a que acabase aquella despiadada lluvia de bombas.”

El Leutnant Jamrowski, jefe de la 5ª y 8ª Compañías, quedó atrapado en el sótano que constituía su puesto de mando y tuvo que abrirse paso el joven oficial. Antes del bombardeo el II Batallón contaba con 300 hombres y cinco cañones; ahora había quedado reducido a 140 y una sola pieza, La 7ª Compañía de Schuster era sólo un puñado de paracaidistas y la 5ª y la 8ª Compañías apenas tenían 3 hombres cada una. En cambio, la 6ª Compañía de Hauptmann (capitán) Foltin, que se había refugiado en una caverna rocosa al pie de la colina del Monasterio, había sobrevivido intacta al bombardeo.

Heidrich, que había situado su puesto de mando conjuntamente con el del 3º Regimiento Paracaidista a primeras horas de la mañana, no pudo ponerse en contacto ni con su II Batallón ni con el XIV Cuerpo Panzer, pues todas las comunicaciones telefónicas y por radio habían quedado interrumpidas. La defensa de Monte Cassino quedaba así en manos de aquellos grupos dispersos de paracaidistas que habían podido salir de entre los escombros después del bombardeo. Para los Aliados, por su parte, el efecto de aquel bombardeo en masa constituyó una decepción. Pese a haber eliminado a la mitad de los defensores -muertos, heridos o enterrados-, no había quebrantado su voluntad de resistir. Tan sólo unos pocos no consiguieron salir rápidamente de la desorientación producida por el bombardeo; para la mayoría el bombardeo sólo había servido para enfurecerles y despertar sus deseos de lucha. El resultado táctico fue igualmente un fracaso porque la zona bombardeada quedó convertida en un paisaje lunar, sembrada de escombros y de cráteres que hacían muy difícil el avance de las fuerzas aliadas.

Aunque Heidrich había perdido todo contacto con el II Batallón y no podía por ello dirigir personalmente la defensa del pueblo, sí podía, al menos, concentrar el fuego de su artillería sobre los neozelandeses. El fuego de su 71° Regimiento de Morteros proporcionó un valioso apoyo a los defensores, de manera que las certeras andanadas de estas armas tuvieron un importante efecto. Heidrich dirigió el fuego de todas las armas de que disponía contra los soldados neozelandeses y este apoyo sería decisivo para los paracaidistas alemanes en la batalla que iba a tener lugar por Monte Cassino.

Sin embargo, a pesar de la heroica resistencia de los alemanes y del apoyo de sus armas pesadas, al atardecer del día 15 de marzo las dos terceras partes del pueblo de Cassino habían caído en manos de los neozelandeses. El teniente general Freyberg, que era su jefe, decidió entonces continuar el ataque contra el pueblo y utilizar la 4ª División India para tomar el monasterio. Pero los indios, pese a apoderarse de la Colina del Ahorcado (cota 435), no pudieron desalojar a los paracaidistas de la abadía siendo incluso contraatacados por los defensores.

Durante los seis días que siguieron a este ataque, la tercera batalla por Cassino se convirtió en una enconada pugna entre las fuerzas aliadas y los hombres de la 1ª División Paracaidista alemana. Hubo un momento en que los atacantes, avanzando desde el sur y desde el este, llegaron incluso a rodear el monasterio, pero los paracaidistas siguieron insistiendo tenazmente. De todas maneras, Heidrich comprendió que no le era posible defender todo el sector íntegramente y, el 16 de marzo, redujo el perímetro de sus defensas en Cassino. Las dos posiciones que cerraban el paso al enemigo fueron convertidas en puntos fuertes: el Hotel Continental -que bloqueaba la carretera número 6- y el Hotel des Roses -que dominaba el macizo situado al otro lado de la Colina del Monasterio. Se situó un carro de combate en el vestíbulo del Hotel Continental mientras los paracaidistas se atrincheraban en los edificios circundantes construyendo búnkers y abrigos para sus armas. Entre tanto, Heidrich se preocupaba de infiltrar algunos refuerzos en el pueblo aprovechando la oscuridad de la noche.

La lucha era a veces brutal e inhumana. Hubo casos de camilleros neozelandeses que sufrieron los disparos de los paracaidistas e incluso de fusilamiento de prisioneros. Sin embargo, también se acordaron treguas particulares para retirar a los heridos y para intercambiar cigarrillos y alimentos. Cuando el 22 de marzo los Aliados cesaron en sus ataques, tanto sus mandos como los de los propios alemanes reconocieron que la causa del fracaso de la ofensiva había sido la heroica defensa de los hombres de la 1ª División Paracaidista. El general americano Marshall decía en su informe: “Los repetidos intentos de apoderarse del pueblo fracasaron por la fanática resistencia de algunas unidades de élite, en particular la 1ª División Paracaidista, a la cual el General Alexander calificó como la mejor división del Ejército alemán.” Por su parte, el general Vietinghoff-Scheel, comandante del 10° Ejército, dijo al Generalfeldmarschall Kesselring que “ninguna otra unidad hubiese podido mantenerse en Cassino de no ser la 1ª División Paracaidista.” Pero el precio había sido muy alto, en cualquier caso. El 3° Regimiento Paracaidista, por citar un ejemplo, que originalmente contaba con 700 hombres, había tenido 50 muertos, 114 heridos y 270 desaparecidos.

La maltrecha 1ª División Paracaidista fue retirada de Cassino a finales de marzo y, después de una semana de descanso, enviada nuevamente al frente. Al mismo tiempo, fue despojada del tercer batallón de cada uno de sus regimientos, con el fin de constituir con ellos el núcleo de la nueva 5ª División Paracaidista. De vuelta en primera línea, Heidrich situó el 4° Regimiento, con un batallón de ametralladoras, en el monasterio y en el pueblo, asignando el sector montañoso al 3.° Regimiento; el 1.° quedó en reserva y el Kampfgruppen de montaña que había sido agregado a la división, fue encargado de la defensa de Monte Cairo.

Cuando los Aliados lanzaron su cuarto y último ataque contra Cassino el 11 de mayo, su superioridad era ya abrumadora. La fuerza de choque del ataque la constituía el II Cuerpo de Ejército polaco, llevando a su izquierda al XIII Cuerpo de Ejército británico, que debía progresar por la carretera número 5. Flanqueando a estas unidades estaba el 5º Ejército americano, que incluía el Grupo Expedicionario francés, encargado de avanzar por la carretera número 7. La ofensiva estaría apoyada por 1.600 piezas de artillería y 300 camiones. Haciendo frente a este despliegue sólo había, en el lado alemán, cuatro débiles divisiones.


Una vez más los paracaidistas alemanes tuvieron que soportar un bombardeo en masa antes de que se iniciase el ataque por tierra. La lucha más encarnizada se desarrolló en el Colle Sant'Angelo, donde el 3° Regimiento se enfrentaba al Cuerpo polaco. Su I Batallón, mandado por el comandante Rudolf Böhmler, tuvo que defender la Colina del Calvario contra los continuos asaltos de los polacos, llegándose a librar durísimos combates cuerpo a cuerpo sólo interrumpidos por los bombardeos aéreos y el fuego de artillería. La 1ª Compañía de Böhmler fue desalojada de lo alto de la colina por tropas de montaña polacas y este acontecimiento supuso una seria amenaza para los alemanes que ocupaban el monasterio. El I y II Batallones montaron sin éxito cuatro contraataques sucesivos para recuperar la colina, pero no fue sino hasta la tarde del 12 de mayo que una patrulla de la 14ª Compañía bajo el mando del Oberfeldwebel (sargento mayor) Schmidt pudo al fin expulsar a los polacos de ella.

El 17 de mayo la división recibió la orden de retirarse de Monte Cassino. Protegidos por la oscuridad de la noche, los paracaidistas abandonaron en silencio las posiciones que habían defendido durante semanas de feroces combates y marcharon hacia el norte, en dirección a la línea Adolf Hitler. No habían sido derrotados pero el Cuerpo francés había roto el frente alemán al suroeste de Cassino y las posiciones al norte del pueblo corrían ahora el peligro de quedar aisladas. Obligados a retirarse contra su voluntad, su reputación quedaba incólume. Tanto el Alto Mando alemán como el de los Aliados coincidieron en reconocer que sólo una unidad capaz de los mayores sacrificios y de tan sólida disciplina podía haberse sostenido en Cassino ante la enorme presión de las fuerzas aliadas durante los meses de marzo y abril de 1944.



   

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Escrito por: Guardian () on 20-05-2007 02:00

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Escrito por: Guardian on 20-05-2007 02:00

emocionante relato. Me imagino que deben haber varios escenarios de CM ambientados en esa batalla.

 

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