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Memorias del Mariscal Rommel, los años de victoria
lunes, 08 de enero de 2007
 

Escrito por Cannon,


Memorias del Mariscal Rommel: los años de victoria.
Rommel puede resistir perfectamente el juicio de Napoleón cuando éste afirmó que: el mejor general será aquél que durante la guerra cometa menos errores. Las «Memorias» constituyen el documento vivo y personal que refleja la forma de mandar de Rommel.

¿Qué os voy a contar sobre este libro? Ya os lo podéis imaginar, su lectura es fascinante. El libro es una recopilación de los documentos, diario, cartas y anotaciones de Rommel recopiladas por sus familiares y presentadas por B. H. Liddell Hart.

El libro comienza contando como se consiguió el material (muchos de los papeles de Rommel fueron requisados por los americanos al concluir la guerra y a la mujer de Rommel le costó bastante que se los devolvieran) y es curioso notar que gran parte de esta recopilación tienen muchos datos militares y muchas cartas a la mujer.

El libro se divide en tres partes:

  • Francia 1940
  • África: febrero 1941 - mayo 1942      
  • África: mayo-septiembre 1942

La mayor parte del libro es sobre la campaña de África ya que es de donde se ha conseguido más material.

Es muy curioso ver leer los relatos de Rommel sobre las pequeñas batallas en Francia. Un ejemplo:

En nuestro primer choque con tropas mecanizadas francesas, la rapidez de nuestro fuego las obligó a huir precipitadamente. He observado una y otra vez que en tales encuentros la victoria se inclina del lado de quien haya inmovilizado primero al adversario con sus armas. Quien se limita a permanecer esperando acontecimientos lleva las de perder. Los motoristas que encabezan la columna deben mantener dispuestas sus ametralladoras y abrir fuego con ellas en cuanto se oiga un tiro del adversario. Ha de obrarse así incluso cuando se desconoce la exacta posición de aquél, en cuyo caso precisa desparramar los proyectiles sobre el terreno que se encuentre en su poder. La observación de esta regla reduce mucho, a mi entender, las bajas propias. Constituye un grave error el detenerse y buscar cobijo sin contestar al adversario, o esperar la llegada de nuevas fuerzas que tomen parte en la acción.

La experiencia de aquellos primeros encuentros demostró que, especialmente en los ataques de tanques, el actuar de manera inmediata sobre la zona donde se considera oculto al enemigo, en vez de esperar a que varios tanques propios hayan sido tocados, decide la victoria. El fuego a discreción con ametralladoras y antitanques de 20 mm. sobre un bosque en los que el adversario tiene emplazados los suyos resulta tan eficaz, que en muchos casos aquél no puede responder, y opta por abandonar la posición. En combates contra tanques enemigos —que por regla general están armados con corazas más gruesas que los nuestros —, el iniciar los disparos con rapidez ha conseguido resultados notables.

  11 mayo 1940.

 Queridísima Lu:

Por primera vez en toda la jornada puedo disfrutar de un breve respiro, que dedico a escribirte. Hasta ahora todo marcha a las mil maravillas. Me encuentro más a vanguardia que mis vecinos. Estoy ronco de tanto gritar órdenes. He dormido tres horas y comido algo. Por lo demás, me encuentro perfectamente. Conténtate con esto, por ahora. Estoy demasiado fatigado para continuar.

 

Este es el “tono” normal del libro, es decir, Rommel nos relata sus vivencias y, entre medias, el autor del libro introduce extractos de las cartas que escribía a su mujer. Y antes y después de cada relato de Rommel, el autor nos pone en situación de los acontecimientos descritos (por ejemplo, la situación general del frente).

Una de las cosas que más me impresionaba mientras leía el libro es ver como Rommel se metía en medio del “fregado”, vamos, no tenía ningún inconveniente en ir a ver personalmente la situación cuando algo bloqueaba su paso. Además, lo cuenta de una forma donde se nota claramente que no es un fantasma. Os pongo un ejemplo:

 Ordené a Rothemburg que avanzara por ambos lados del bosque hasta el punto indicado, y me situé en un «Panzer III», que lo seguiría de cerca.

 Rothemburg avanzó por una cañada que se hallaba a la izquierda, con los cinco tanques que iban a acompañar a la infantería, manteniéndose a unos 150 m. por delante de aquélla. El fuego enemigo había cesado. Detrás siguieron veinte o treinta tanques más. Cuando el jefe de los cinco blindados alcanzó a la Compañía de Fusileros situada en la orilla sur del bosque de Onhaye, el Coronel Rothemburg partió con los suyos, bordeando la espesura en dirección oeste. Habíamos alcanzado el extremo sudoeste de aquélla, e íbamos a cruzar un campo cultivado, desde donde podíamos ver a los cinco tanques escoltando a la infantería a nuestra izquierda, cuando de improviso la artillería pesada y los antitanques enemigos empezaron a lanzar proyectiles sobre nosotros. Las granadas estallaban por doquier, y mi tanque fue tocado dos veces consecutivas, la primera en el borde de la torreta y la segunda en el periscopio.

 El conductor abrió la escotilla y dirigióse hacia los matorrales más cercanos. Había recorrido apenas unos metros cuando el vehículo resbaló por una pendiente, en la parte occidental del bosque, y finalmente se detuvo, permaneciendo inclinado y en posición tal, que los antitanques enemigos, situados a menos de 500 m., en la orilla de un bosque cercano, no podían dejar de verlo. Yo había sido herido en la mejilla derecha por un fragmento de metralla del proyectil que estalló en el periscopio, y aunque no se trataba de nada grave, la sangre manaba en abundancia.

 Intenté hacer girar la torreta, con el fin de enfilar nuestro cañón de 37 mm. hacia el enemigo, pero no lo pudimos conseguir, debido a la inclinación del tanque.

 La batería francesa abrió nutrido fuego sobre nuestro bosque, y lo más probable era que de un momento a otro tomara el tanque como objetivo, ya que se hallaba completamente al descubierto. En consecuencia, decidí abandonarlo con toda rapidez, llevándome a su tripulación. En aquel momento el subalterno al mando de los tanques que escoltaban a la infantería se presentó gravemente herido, manifestando: «Mi General, me han arrancado el brazo izquierdo». Salimos de la depresión arenosa en que nos hallábamos, mientras las granadas seguían estallando a nuestro alrededor. Frente a nosotros el tanque de Rothemburg se arrastraba con fuego en la trasera. También el ayudante del Regimiento Panzer había abandonado su vehículo. Al principio pensé que el tanque jefe había sido incendiado por un impacto en el depósito de gasolina, y me sentí preocupado por el Coronel Rothemburg. Sin embargo, se trataba solamente de las bengalas cuyo humo nos estaba resultando sumamente beneficioso. Entretanto, el Teniente Most había conducido mi vehículo blindado al bosque, donde resultó tocado en el motor, permaneciendo inmóvil. La tripulación no había sufrido bajas.

 Ordené a los carros proseguir por el bosque en dirección este, cosa que resultaba casi imposible. Lentamente, el tanque en el que iba Rothemburg se abrió camino a través de los árboles corpulentos y de espeso ramaje. Fue la involuntaria cortina de humo tendida por él la que impidió al enemigo destruir más de nuestros vehículos. Si los tanques hubiesen hecho fuego con ametralladoras y cañones de 37 mm., sobre el bosque ocupado por el enemigo en el momento del avance, los franceses hubiesen abandonado sus piezas de manera casi inmediata, ya que aquéllas se encontraban en posiciones muy vulnerables y nuestras pérdidas habrían sido menores. El ataque lanzado a última hora de la tarde por el 25.° Regimiento Panzer obtuvo pleno éxito, y por fin pudimos ocupar el lugar de reunión prefijado.

 

¿Pensáis que esto era normal? Un general metido en todo el follón… impresionante.

Luego, en África, impresiona también el papel de los italianos. Rommel no habla mal de ellos sino que habla mal de su equipamiento y adiestramiento. Un ejemplo:


    A las cinco de la tarde del 16 de abril lancé contra la cota 187 al batallón acorazado de la «Ariete», compuesto de seis tanques medianos y doce ligeros. Acompañamos el ataque por su flanco izquierdo. En vez de detenerse al sur de la cota, bajar de los vehículos y observar el terreno con los prismáticos, los italianos prosiguieron hasta la parte más alta, donde hicieron alto. No transcurrieron muchos minutos sin que la artillería inglesa abriera fuego sobre la colina, en vista de lo cual los italianos se retiraron a toda marcha, deteniéndose indecisos y atolondrados en un wadi. Traté de inducir al jefe de sus tanques a que avanzara en orden abierto hacia Ras el Madauer, sin poderlo conseguir.

 El Teniente Berndt observaba la marcha de la infantería italiana. Al principio el avance se hizo en perfecto orden, pero de improviso los soldados dieron media vuelta y emprendieron veloz carrera hacia el oeste. Di instrucciones a Berndt para que tomara un blindado y fuese a ver qué ocurría. El rumor de la batalla había cesado. Media hora más tarde regresó Berndt informándome de que un soldado italiano le había dicho que el enemigo atacaba con tanques. Habiéndose trasladado unos centenares de metros más al este, vio un automóvil de reconocimiento inglés que se llevaba, él sólo, a toda una compañía de italianos con las manos en alto. Abrió fuego inmediatamente sobre el vehículo, con el fin de que aquéllos pudieran escapar. Así lo hicieron..., pero en dirección a las líneas inglesas. Finalmente, un blindado británico volvió a hacerse cargo de los mismos.

 Partí con tres antitanques, con el fin de salvar lo que pudiera. Me fue imposible persuadir a los tanquistas italianos para que nos acompañaran. Bajo el mando de Berndt, los antitanques consiguieron eliminar a varios «Bren» ingleses. Sin embargo, el batallón italiano, que no disponía de antitanques eficaces, había sido rodeado y capturado por el enemigo. Mi ayudante, el Mayor Schrápler, que había acompañado a la primera oleada de italianos, se las compuso para escapar. Me dijo que aquéllos habían avanzado en formación demasiado densa. Se sostenía ahora en las alturas alrededor de Acroma, con lo que quedaba de las fuerzas italianas, y en vista de ello, le envié como refuerzo dos compañías de fusileros.

 La razón para atacar Ras el Madauer era la de que los ingleses amenazaban desde allí nuestra ruta de aprovisionamiento a través de Acroma. Una nueva tentativa se realizó el 17. Aunque no había entrado realmente en acción, a la «Ariete» no le quedaban más que diez tanques, de los cien con los que se iniciara la ofensiva. El resto había quedado inútil a causa de averías y contrariedades mecánicas. Ponía los cabellos de punta el ver la clase de equipo con el que el Duce había mandado a sus tropas a la batalla.

 En el siguiente ataque nada marchó como esperábamos. Las fuerzas debían avanzar, aprovechando las depresiones del terreno, y esperando cada vez, hasta que el fuego de cobertura se iniciase. Pero los jefes de compañía habíanse lanzado ciegamente hacia adelante, ignorando sus instrucciones. Los carros de la «Ariete» iban mandados por el Teniente Wahl, intérprete de la 5.a División Ligera. Contrariando mis órdenes de mantenerse tras de la infantería, se lanzaron adelante, perdiéndose pronto de vista. No había medio de comunicar con ellos, y su situación nos era desconocida. Entretanto, la infantería de vanguardia llegaba a las alambradas, frente a Ras el Madauer, sin encontrar oposición digna de estima.

 De improviso, hacia la una, un tanque solitario apareció al norte de la altura de Ras el Madauer, marchando hacia nuestras líneas con el cañón apuntado. A causa del polvo, era imposible saber si le seguían otros. Temiendo que el enemigo utilizara de nuevo sus carros en una tentativa para destruir a la infantería, indefensa contra los blindados, puse inmediatamente en posición a mis tres antitanques. Entretanto, otros carros aparecieron a la vista. Tuvo lugar un cambio de disparos y tres tanques fueron tocados. Ante nuestra profunda consternación resultó después que eran italianos. El Teniente Wahl no regresó; evidentemente había lanzado su carro sobre las posiciones enemigas, quedando destruido. También el ataque de la infantería habíase detenido ante las alambradas. Las ulteriores tentativas para penetrar en las líneas inglesas fracasaron también. Estaba bien claro que no podíamos hacer nada contra las defensas adversarias con las fuerzas a mi disposición, y debido en gran parte al lamentable estado de adiestramiento y al defectuoso equipo de las tropas italianas. Decidí interrumpir la operación emprendida hasta la llegada de más refuerzos.


Es un libro que no debería faltar en nuestras bibliotecas personales.

Aquí os dejo algo más de información sobre él:
Memorias del Mariscal Rommel [8421757423] Memorias del Mariscal Rommel Autor: Mariscal Erwin Rommel (presentadas por Liddell Hart) Editorial: Caralt ISBN: 84-217-5742-3 Publicación: Julio 2006 Descripción: 562 páginas; cartoné; 15 x 21,5 cm.; 16 páginas de fotos en color fuera de texto y fotos y mapas en b/n


   

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