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El final de Numancia
jueves, 01 de marzo de 2007
 

Escrito por motorhead,


El final de Numancia
"Escipión taló el país de los vacceos, recogió lo que podía servir para manutención de su ejército. a lo demás le puso fuego" (Apiano).

 

 En el año 134 a.C. Numancia se había convertido en un insulto al Imperio romano. La ciudad llevaba resistiendo 20 años los asaltos y asedios de los ejércitos consulares. En Roma, una plebe descontenta, hábilmente manipulada por la familia Escipión, reclamó que se hiciese cargo de la campaña contra los celtíberos un viejo general, Escipión Emiliano el Africano, vencedor de Cartago en el año 146 a.C. Pero el Senado, siempre temeroso del poder de los escipiones, y teniendo en cuenta la popularidad de éste, se opuso. El malestar en Roma seguía aumentando y finalmente el Senado cedió a las presiones. Escipión Emiliano fue designado cónsul, por segunda vez, a la edad de 51 años. Con su nombramiento se habían quebrantando dos leyes: La que impedía su reelección como cónsul y la que establecía que el destino de éste se realizara por sorteo, ya que fue directamente enviado a Hispania. Escipión Emiliano conocía la geografía hispánica y sabía como luchaban los valerosos pueblos celtíberos, ya que había estado con el cónsul Lúculo en el año 151 a.C. batallando contra los vacceos. El contingente de tropas que le asignaron al recién nombrado cónsul no llegaba a los 4.000 hombres, a estos hay que sumarles las tropas de campañas anteriores que se encontraban ya la Península, cuya disciplina era pésima y su estado y moral lamentables.

Escipión partió rápidamente hacia Tarraco, sabedor del duro trabajo que le esperaba. Comenzó a tomar medidas nada más llegar; primero expulsó a las prostitutas del campamento, a continuación mandó reparar la empalizada e impuso una dura disciplina a todos sus hombres. Llegó a teñirse la capa de negro en señal de luto hasta que sus tropas consiguieran una forma aceptable. Así, tras largos meses de duro entrenamiento, en los que se realizaban diariamente largas marchas, se construían empalizadas y se cavaban fosos; Escipión consiguió formar un ejército disciplinado que rondaba los 50.000 hombres.

A comienzos del verano de 134 a.C. comenzó la campaña, Escipión pretendía primero sustraer todos los recursos que pudieran llegarle a los numantinos, tanto de hombres como de víveres, así que comenzó por asolar la región vecina. Puso rumbo a Ilerda (Lérida) donde se aprovisionaron; desde allí se dirigió a Palantia. En las cercanías de la ciudad, un nutrido grupo de soldados se dispuso a recolectar trigo de los campos de alrededor, pues eran grandes las necesidades del numeroso ejército. Después de todo un dia de trabajo, al caer la tarde, cuando los soldados estaban cansados, aparecieron cientos de vacceos salidos de no se sabe donde que les cayeron encima. Entre los soldados romanos cundió el pánico y al poco todos huían hacia el campamento dejando atrás las cargas de cereal. Cuando Escipión conoció la noticia; mandó a la caballería a socorrer a sus hombres. Al ver a ésta llegar, los celtíberos huyeron hacia el interior de un bosque, hasta donde fueron perseguidos por los romanos. Al llegar a un acantilado, cuando la caballería se había adentrado lo suficiente en el bosque, comenzaron a  salir miles de guerreros, que cargaban impetuosos contra los jinetes. Una vez más, los hispanos hacían caer al invasor en una celada; el propio Escipión tuvo que ponerse al frente de un destacamento para evitar la masacre. Tras varias cargas de caballería los celtíberos se retiraron, desapareciendo en la espesura del bosque y dirigiéndose a Palantia. Escipión sabía que le sería muy difícil tomar la ciudad y decidió pactar con los vacceos, que le entregaron gran número de provisiones. Además su objetivo era la ciudad del Duero y un largo asedio a Palentia ponía en peligro su misión.

 El siguiente paso en la ruta hacia Numancia fue la ciudad de Coca, a la que llegaron atravesando el Duero, donde los romanos tuvieron una nueva refriega con los celtíberos. Pero el carácter paciente y calculador del cónsul que rehuía batallas estériles, evitó que sus tropas fuesen víctima de otra encerrona. Coca había sufrido una masacre provocada por Lúculo años antes. Éste, tras penetrar en la ciudad con la excusa de llevar a cabo un pacto, asesinó a todos los varones mayores de trece años. Así que cuando llegó la noticia de que se acercaba un gran ejército, sus habitantes se prepararon para defender su ciudad. Pero el objetivo de Escipión era otro, y tras exigirles la entrega de provisiones y rehenes para asegurarse que no ayudarían a los Numantinos, Escipión, prosiguió su camino saqueando la región y asaltando las aldeas. En una de ellas los indígenas trataron de prepararle otra celada, pero el astuto cónsul evitó una vez más que sus soldados cayesen en la mortal trampa. Entonces llegaron noticias preocupantes para Escipión; un ejército se aproximaba por su retaguardia. Pronto se supo que las tropas que llegaban eran los refuerzos númidas del norte de África; compuestos por infantería, caballería (considerada la mejor del mundo en la época), elefantes y arqueros; que fueron recibidos con júbilo por los romanos. A estas nuevas tropas se unieron también hispanos que el cónsul consiguió reclutar en la región, engrosando de esta forma su ejército hasta más de 60.000 hombres.

 Unos tres meses después de la partida, a comienzos de septiembre de 134 a.C., Escipión llegó a Numancia. Estableció su campamento en el fuerte de Renieblas, construido a comienzos de la guerra numantina por Nobilior y mandó construir otros dos más, uno al norte y otro al sur de la ciudad, comenzando así las tareas de un asedio que Escipión tenía meticulosamente estudiado. Acto seguido comenzó el levantamiento de una extensa empalizada que rodeaba la ciudad, cuyo radio excedía los 10 Km. Ni que decir tiene que los arévacos pretendieron por todos los medios parar la obra, pero la gran actuación de los arqueros númidas situados en lugares elevados, así como las continuas cargas de la caballería romana dieron al traste con los intentos indígenas de impedir la construcción.

A lo largo de la empalizada se cavó un foso y se construyeron torres, una cada 50 metros, provistas de catapultas. También se levantaron otros seis campamentos más, sumando un total de ocho (Alto Real, Dehesilla, Molino, Castillejo, Valdevortán, Traveseros, Peña Redonda y Rasa), que estaban unidos por la muralla que rodeaba la ciudad y construyó dos castros para controlar el paso fluvial del Duero. Escipión no escatimó en medios y parece desorbitada la cantidad de recursos que empleó, tanto humanos como materiales, para tomar una ciudad que no pasaba de los 8.000 habitantes.

Los escasos 4.000 guerreros que resistían realizaron constantes incursiones, pero no lograron detener la construcción  y toda la población fue tomando conciencia del calvario que les esperaba. El consejo de la ciudad se reunió para ver que medidas se iban a tomar en tan gravísimas circunstancias; tras considerar varias propuestas se decidieron por un ataque en masa. Para ello fueron seleccionados la mitad de los hombres disponibles, que al amanecer se descolgaron por los muros y cayeron sobre los legionarios. La sorpresa hizo que la balanza se inclinara rápidamente del lado hispano; la feroz acometida de los arévacos logró romper la primera línea defensiva, pero los soldados de las torres dieron la voz de alarma encendiendo antorchas y rápidamente acudieron más hombres desde los fuertes cercanos a cubrir la brecha. Finalmente Escipión al mando de la caballería por el norte y su hermano por el sur lograron frenar la ofensiva. Numancia seguiría sitiada.

 Después del fallido intento el desánimo cundió en la ciudad, los días iban pasando y los alimentos disponibles comenzaban a escasear; la situación se tornaba trágica. El consejo volvió a reunirse, pero las opciones eran pocas y el pesimismo se adueñó de la sesión. Fue entonces cuando un joven de nombre Retógenes propuso un plan: él junto con otros cinco voluntarios burlarían el cerco y pedirían ayuda a las ciudades vecinas. La propuesta fue aceptada y Retógenes y sus compañeros, tras preparar todo lo necesario, salieron del campamento entrada ya la noche. Lograron pasar sin graves dificultades y sin ser vistos la primera línea del cerco, degollando a sus vigilantes. Cuando llegaron al muro treparon por la torre, dieron cuenta de sus ocupantes y mataron a toda la guarnición que dormía. De pronto sonaron las trompetas de alarma y comenzaron a acudir soldados al lugar, pero para entonces Retógenes y los suyos se alejaban ya de la ciudad a lomos de unos caballos que habían logrado pasar. Durante los días siguientes recorrieron la comarca, buscando entre los pueblos vecinos aliados para su causa. Pero sus habitantes temerosos de las represalias de Escipión les negaron su ayuda. Aunque decepcionados, Retogénes y los suyos no se rindieron y decidieron buscar auxilio en tierras más lejanas;  finalmente lo encontraron en Lutia, donde 400 valerosos guerreros se unieron a su causa. El número de hombres con que contaba Retógenes era muy reducido comparado con el de Escipión, pero podrían complicarle las cosas a los romanos en la retaguardia y hostigar sus líneas de abastecimiento. A ello se disponían cuando unos traidores comunicaron sus intenciones a los romanos, que llegaron prestos al lugar; los hombres fueron ajusticiados en la plaza amputándoles las manos. Después de esto nadie querría ayudar a los numantinos.

Retógenes y sus compañeros decidieron regresar a Numancia, a pesar de saber que significaría su muerte; así que cruzaron las defensivas y el muro empleando la misma táctica que antes. Cuando dieron la funesta noticia de que nadie vendría a salvarlos, un grueso manto de amargura y desanimo cubrió la ciudad. Las reservas se estaban agotando y todos conocían cual sería el final. Pasaban los meses y las esporádicas incursiones que realizaban los arévacos no conseguían crear una brecha en el cerco; la situación empeoraba por momentos y las enfermedades hicieron su aparición cobrándose numerosas vidas entre la famélica población. El consejo se reunió nuevamente decidiendo pactar con los romanos. Una delegación partió a parlamentar con Escipión; pero éste, conocedor de la crítica situación de la ciudad no aceptó condiciones de ningún tipo.

                                                     

 Los numantinos decidieron entonces realizar una carga, en la que todos los hombres disponibles lucharían hasta el final. De todas formas iban a perecer de hambre y así al menos morirían luchando. Los arévacos, famélicos y desnutridos, atacaron en un último intento el sector más propicio para la ruptura del cerco. Comenzaron fulminando cuantos romanos les salían al paso, pero como se había puesto de manifiesto anteriormente, en cuanto llegaron de los fuertes cercanos los refuerzos, la carga se detuvo. La presión de las tropas romanas, muy superiores numéricamente, y el hostigamiento de catapultas y arqueros, hicieron que exhaustos, los numantinos recularan al interior de la ciudad. Así las cosas, aceptaron la rendición incondicional y después de quemar todo lo que pudiera servir al invasor, la mayoría de los habitantes se quitó la vida antes de acabar como esclavo o asesinado a manos romanas, éstos cuando al fin entraron en la ciudad tras más de quince meses de asedio, contemplaron un panorama dantesco lleno de cadáveres; la ciudad que había resistido durante dos décadas al invasor, fue pasto de las llamas. Escipión regresó victorioso a Roma, pero en la Península quedaban aún pueblos que someter; pasaría más de siglo y medio hasta la plena integración de Hispania en el Imperio, anexión que solo se consiguió sobre un humeante cementerio de ruinas.


   

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Escrito por: Granfali () on 21-03-2007 19:26

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Escrito por: Granfali on 21-03-2007 19:26

Si señor, a esto lo llamo yo tener dos cojones!!!

 

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Escrito por: Yurtoman () on 09-03-2007 14:27

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Escrito por: Yurtoman on 09-03-2007 14:27

Quiero más. :p

 

» Responder a éste comentario...

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